
Presumí de haber tomado una decisión, difícil, pero necesaria. Dos minutos después mi corazón latía preocupado porque había sufrido un accidente, lo atropellaron.
Fui al hospital y pasé todo el día a su lado, provocando risas, corriendo por lo que necesitara, preocupada, tomando su mano como si tuviera algo más grave que sólo los músculos inflamados.
Llegó la noche, y mientras lo ayudaba a cenar me preguntó, lanzando esa mirada enamorada que no ha dejado de brillar en cuatro meses, si ya se había terminado la magia para mí. No dudé, le dije que no, y le limpié la boca.
En este momento me odio...